Sin duda que es un privilegio hacer una pausa y huir a la calma que ofrece nuestra extensa y estrecha costa. En el horizonte aparece un océano que de pacífico poco tiene, pero que aun así aquieta el corazón y despierta en nuestro interior un sentir que en nada se parece a lo que suscita a diario el estruendo de la ciudad...

Domingo 10 de Mayo de 2015

Lejos de aquello que en verano fue música, movimiento y calor, hoy se muestra “el mar de cada uno, amenazante y encerrado: un sonido incomunicable, un movimiento solitario”[1]; quien sin necesitarnos, nos llama. Si en la época estival el cielo nos deslumbró, ahora es el azul extenso nuestro protagonista.
 
Lejos de preocuparse por lo que ocurre en cortes lejanas, pasear por la playa nos regala, a pájaros y caminantes, una sensación única.  El viento revitaliza y refresca, la arena obliga a calmar el paso y mirar la vida con otros ojos. El rugido de las olas serena el alma y su silencio – que grita armoniosamente – invita a pensar. Así, con su inmensidad, el agua se disfraza de infinito invitando a contemplar una belleza sin igual y que hasta exige dar gracias por la creación, a la que también llamamos mundo, que es lo mismo, pero no es igual.
 
Fue precisamente a orillas del mar de Tiberíades – y no creo que haya sido por mera casualidad – donde se manifestó al amanecer Jesús resucitado a sus discípulos, quienes,  como nosotros, no lo pudieron reconocer (Cf. Jn 21).   

El asombro frente al mar nos transporta a una dimensión que fácilmente podemos llamar religiosa. Neruda nos cuenta como fue su primera vez frente al vasto campo salado. “Cuando estuve por primera vez frente al océano quedé sobrecogido. Allí entre dos grandes cerros (el Huilque y el Maule) se desarrollaba la furia del gran mar. No solo eran las inmensas olas nevadas que se levantaban a muchos metros sobre nuestras cabezas, sino un estruendo de corazón colosal, la palpitación del universo[2]
 
Es así como el mar se vuelve sacramento. Los sacramentos, decía Boff[3], – en un sentido amplio del término - no son propiedad de la Iglesia, son constitutivos de la vida humana. Por medio de ellos podemos percibir que Dios está siempre presente en el mundo. Así, el sacramento es una señal que contiene, exhibe, rememora, visualiza y comunica una realidad diversa de ella, pero presente en ellaEs bueno para el corazón. Alimenta el espíritu, y no el cuerpo. (...)  El mundo sin dejar de ser mundo, se transforma en un elocuente sacramento de Dios: el mundo, el hombre, cada cosa, señal y símbolo de lo trascendente.
Si tan solo contemplamos y nos dejamos invadir por la inmensidad del mar, quien tan solo nos muestra su piel, sin necesidad de entrar en él, nos sumerge en un misterio. Aquello que sentimos frente a él, se asemeja a la experiencia de Dios vivo, quien se hace presente como sacramento en el frío e inconmensurable azul.

 



[1] Pablo Neruda, Confieso que he vivido.
[2] Ibídem.
[3] Leonardo Boff, Los sacramentos de la vida. 

 

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